Sueño.

(Del lat. somnus).

1. m. Acto de dormir.

2. m. Acto de representarse en la fantasía de alguien, mientras duerme, sucesos o imágenes.

3. m. Estos mismos sucesos o imágenes que se representan.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Satán va en un Buick Sedanette

No es un demonio rojo con cola, es un tipo con sombrero y traje gris, pero tu sabes que es Satán y lleva un Buick modelo Sedanette.
 - ¿Te llevo a algún sitio? - Te dice
Sin ni siquiera contestar te ves dentro del coche rumbo a ninguna parte; aparecéis en viveros, pero dentro están construyendo algo, una especie de megaloestructura oscura y metálica. Hay unas niñas en la puerta y os preguntan qué vías de tren son las que tienen que tomar. De pronto ves como aparecen unas vías férreas en el suelo. Le señaláis hacia delante los dos a la vez. Una de las niñas se tropieza de camino, pero se levanta rápidamente.

Satán lleva un Buick modelo Sedanette y entra con él en viveros. Hay un mercadillo bajo la mega-carpa-metálica. Todo el mundo parece aceptar sin problemas la presencia del maligno a tu vera. Menos un vendedor de kebab que pone los ojos en blanco y reza.

Te despiertas

domingo, 17 de noviembre de 2013

La persecución

Apareces de pronto en una construcción enorme que se extiende durante kilometros. Dirías que es una especie de edificio al modo Expo 92, completamente desierto, te atreverías a juzgarlo abandonado si no fuera por el buen estado en el que se encuentra. Blanco, impoluto, limpieza como de pesadilla.

Unas vigas metálicas vertebran el edificio, a tu izquierda se encuentran las ventanas, son unas placas que ocupan toda la pared externa de forma que todo lo de dentro se ve desde fuera y viceversa, pero una especie de luz ígnea te impide ver qué hay fuera. A tu derecha un pasillo metálico de rejilla que permite entrever qué hay abajo: solo pisos y más pisos de distribución homóloga al que pisas. Después del pasillo un enjambre extraño de cubos recubiertos de madera contrachapada que van del suelo al techo.

Andas unos pasos y entonces escuchas un ruido metálico que viene de abajo. Rápidamente reconoces ese sonido como unos pasos de alguien corriendo. Sube por tu espina un escalofrío, esos pasos no han sido sino un consejo. Corre.

Corres hacia el enjambre de cubos y descubres que es mucho mas frondoso de lo que imaginabas. Escuchas el acalorado galope del otro mientras decides que camino elegir, entonces lo ves pasar por delante de ti cruzando entre cubos a muchos metros de donde te encuentras, y en ese momento, ciencia infusa, lo sabes: Es una persecución. Lo que no sabes es si eres el perseguidor o el perseguido.

Corres, sin saber si huir o si buscarle, pero corres de todos modos. Sabes que el error sería, ahora, quedarse quieto. Corres por ese bosque de cubos y alguna vez ves a ese otro pasar como una ráfaga por delante de ti, cruzando de cubo a cubo a varios metros de ti.

Cada vez notas los pasos más cerca. No sabes que has de hacer cuando lo veas. No sabes quién es, ni cuánto lleváis corriendo, ni por qué estáis allí.

Coges el siguiente cubo a la derecha y lo ves corriendo a unos metros de ti en la misma dirección. Pelo corto, chaqueta y pantalones negros, zapatos de vestir también oscuros. No sabes si deberías dar la vuelta o si deberías acelerar para agarrarlo. Entonces te quedas quieto. Y él para también.

Te despiertas.

sábado, 13 de julio de 2013

Dos sueños.

Hoy he soñado dos cosas puesto que he dormido en dos intervalos:

1.- Conocía a un perro que cuando se ponía contento achinaba los ojos y sonreía muchísimo.

2.- Mi madre entraba en casa diciendo ¡Mirad quién ha venido! y detrás de ella estaba mi abuela, pero no mi abuela tal como se suponía que tenía que ser sino mi abuela tal como la conocí yo con cinco años, mi abuela rejuvenecida; puede que incluso más joven que como yo la recuerdo de niña. Yo empezaba a asustarme mucho: mi abuela había muerto hacía dos meses.

domingo, 23 de junio de 2013

La Prueba

Miras a tu alrededor y parecen los años cuarenta. O los años setenta. Hay una especie de mezcla. Aunque sabes que sigues estando en la época actual.

Estás en un supermercado y las trabajadoras llevan peinados y atuendos más característicos de modas de otrora. En las estanterías casi lo único que ves son cajas como de cereales y latas de sopa. Vas avanzando lentamente por los pasillos apoyado en tu carrito, llevas sombrero y gabardina y estás esperando a alguien, alzas la vista y

Apareces en un bar, una taberna oscura con música descorazonadora. Ventilador en el techo y borrachos en la barra. Estás en una mesa con dos amigos tuyos, al principio no te fijas mucho en ellos, pero luego caes en la cuenta de que uno de ellos te resulta familiar.
 - ¿Celino?
 - Jajaja, no, me confunden mucho con él. Soy un amigo suyo, de su pueblo, he oído que eres un gran fan suyo.
 - Algo así.
Y, también, caes en la cuenta de que la música descorazonadora que estruja las paredes y a los parroquianos es de Celino.
 - ¿Qué van a tomar?
No lo sabes, la carta solo tiene nombres completamente extraños y no pone qué es ese plato o que lleva; y por supuesto no hay nada en «Billy Swanee's Car Accident» para saber que es una hamburguesa completa.
 - Y para él un Murder in the woods.
Ese él eres tú.
 - ¿Qué será un asesinato en los bosques? - Te preguntas.
Das una barrida visual a las personas de la barra y no reconoces a nadie, tras la barra, sirviendo, hay un camarero sacado de una película de Bogart y una joven japonesa sacada de una película de Wong Kar-Wai. Y como un rumor lejano te llegan las palabras de la conversación de los dos compañeros de mesa que tienes.
 - Cuando yo estaba vivo solía ir a un bar parecido a este. En mi pueblo claro, a veces iba con Celino, bueno, a veces iba y Celino estaba allí también, mejor dicho. Celino pasaba buena parte del tiempo metido en lúgubres tugurios, y después te hacía está música que oís, tan pura, tan llena de luz. Su música era la embajada de la belleza en su vida.
Te traen tu asesinato y ves que no es mucho más que un par de piezas de pollo empanado, patatas hervidas cortadas en rodajas y algún tipo de frutas irreconocibles, amargas y de pequeño tamaño.

Mientras esos hombres hablan empiezas a jugar con la comida, parece que vas un poco bebido, pero hasta donde recuerdas no has tomado una sola copa. Consigues, de algún modo, que una de las piezas de pollo quede erguida, vertical, sobre el plato. Divides la otra pieza de pollo longitudinalmente para hacer de contrafuerte a la pieza principal. Y entonces recuerdas una historia que te contaba tu madre hace años:

Cuando yo era joven, muy joven, aquí la policía era el mayor miedo de la ciudadanía. Te acusaban aleatoriamente de delitos que no habías cometido y tenían un método para que confesaras. Yo he contemplado ese número más de una vez, pero nunca he tenido la desgracia de sufrirlo. Verás, se acercaban al sospechoso y le decían: 
 - Fulanito de tal, eres un puto ladrón de mierda y te vas a venir con nosotros.
 - Pero si yo soy inocente. - Solía contestar el acusado, y solía ser cierto.
 - ¿Ah, sí? Pues te haremos la prueba. 
 - No, la prueba no, soy inocente, lo juro.
La prueba consistía en plantar un truño sobre el plato y que el acusado le diera un bocado y se lo tragara, después de eso tenía que volver a decir cómo se declaraba, si inocente o culpable.
 - Si vuelves a decir que eres inocente después del primer bocado, tendrás que darle un segundo bocado y reconsiderar tu declaración. Si te sigues considerando inocente, tienes un tercer bocado. Pero amigo, si llegas al tercer bocado te creeremos hasta que eres Napoleón Bonaparte en traje de chaqueta.
Nadie solía llegar al tercer bocado.

Prosigues en tu escultura gastronómica cuando las puertas del bar (ahora medio-convertido en saloon del viejo oeste) se baten. Entran un par de policías con un papel en la mano y riendo entre ellos.
 - Aquí tenemos un inmigrante ilegal.
El amigo de Celino suda.
 - Trabajamos para erradicar todo crimen o acto ilegal; y además, tampoco somos especialmente amigos de los inmigrantes. Así que no podemos dejar pasar por alto esto más tiempo.
El barman no dice nada, ni los mira, se queda limpiando vasos y mirando al suelo.
 - Tranquilo. - Te dice tu amigo.
Los policías miran una a una a todas las personas del bar varias veces. Mirada que finaliza en tus ojos.
 - Tú, chaval, el de la camisa blanca y la ralla al lado, sácanos el identificador.
No sabes de qué hablan.
 - No sé de qué hablan.
 - ¿Qué? El identificador, el documento de identidad, la puta tarjeta con tu cara y tus datos.
Sabes que no tienes El Documento pero aún así hurgas en tu bolsillo trasero con la esperanza de encontrar algo.
 - No lo llevo encima.
 - Es amigo mío, viene conmigo, es buena gente, un poco despistado, nació en está misma calle, en el hospital de más abajo. - Dice tu amigo golpeando la mesa con su identificación de color azul.
 - ¿Ah, sí? Pues entonces no tendrás ningún problema en hacer la prueba ¿No?
 - No va a hacer la puta prueba.
 - Pues se viene con nosotros.
Antes de que nadie más pueda decir nada más te cambian tu plato por un zurullo humeante que te provoca unas cuantas arcadas.
 - Si eres inocente, la verdad y la sinceridad de tu alma te imbuirá de fuerza suficiente como para comerte todo el truño entero sin que tus fuerzas flaqueen. Así que tranquilo.
Lo miras y miras a tu alrededor buscando una salvación. El amigo de Celino te mira con pesar. Entiendes que él es el ilegal.
 - No me pienso comer esto.
 - Pensaba que habías dicho que eres inocente.
 - Sí, pero...
 - Pues come.
Haciendo acopio de fuerzas te vas acercando lentamente hasta el nuevo plato en el menú de tu infierno personal. Llegas a notar los vapores.
 - Espera. - Grita el amigo de Celino.
Se levanta, se acerca a la barra y tira contra la misma una identificación marrón. Si es marrón indica que es algún tipo de permiso provisional caducado, es decir, que estás viviendo aquí de forma ilegal.
 - Muy bien, un puto héroe. De la que te has librao cabrón. - Te dice el policía.
Esposan a ese hombre y se lo llevan.

Hay unos segundos de silencio y quietud en el antro, pero pronto se reactiva la marcha normal del mismo, los de la mesa del lado vuelven al póker, la música vuelve a sonar y el ventilador vuelve a mover lentamente sus aspas.
 - Tío, me voy a ver qué demonios puedo hacer para sacarlo de ahí. - Te dice tu amigo, y eso te hace recordar que es abogado.

Estás solo en ese bar y por lo visto cada vez más ebrio. Pero aún así te levantas a la barra y le dices al camarero.
 - Dame un tiro de lo más fuerte que tengas.
 - ¿Lo más fuerte?
 - Lo más fuerte.
Se va hacia el otro extremo de la barra y saca una botella negra un poco más voluminosa que una botella de vino. En la etiqueta se puede ver una sola cosa escrita, la palabra «Ignición».
Saca un vaso de chupito y pone dos gotas. Coges el vaso y lo bebes de un sorbo. En tu boca se siente como denso, como sedoso, es como un gel más que como un alcohol. Pero está bueno. Bastante bueno.

La japonesa te guiña un ojo.
 - Podría hablar con ella. - Piensas.

Tarde.

Te despiertas.

miércoles, 5 de junio de 2013

Hegel

Yo era niebla. Era niebla en el mundo. Era en el mundo, estaba en él y era niebla. Yo era-en-el-mundo niebla muy densa. Niebla muy amplia. El mundo entero quedaba cubierto por la niebla que yo era. Y de repente: era niebla consciente. De ser niebla pasaba a saber que era niebla. Era niebla consciente de ser niebla. Niebla autoconsciente que todo lo abarcaba: sabía que era niebla y en la niebla estaba todo. Todas las cosas estaban en mí y yo era una sola cosa. Todas las cosas eran una sola cosa. La multiplicidad estaba en la unidad, la unidad en la multiplicidad. Todo era uno, todo era yo, todo era consciencia, yo era autoconsciencia, era todo y uno, niebla, lo absoluto y lo particular. Y de pronto caía en algo: había comprendido el Espíritu Absoluto hegeliano. Yo era el Espíritu Absoluto de Hegel.

Despertar fue raro.

Nota: Este sueño no explica en absoluto la Fenomenología del Espíritu de Hegel.

Fui yo

El sueño comienza contigo enterrado hasta las rodillas en un descampado de un pueblo pequeño. Estás enterrado a la altura justa para poder flexionar las rodillas de tal modo que puedas sentarte en el suelo. La tierra que aprisiona tus piernas no es demasiado compacta así que podrías liberarte de ella con poco esfuerzo. De momento no te preocupa.

De pronto notas un cosquilleo extraño en tus pies y unos pinchazos. Insectos. Puedes verlos a través de la tierra y te producen mucha aversión. Nerviosamente mueves tus piernas intentando sacarlas, lo cual no es tarea difícil, pero cuando las sacas te ves cubierto de insectos que intentas apartar a manotazos y luego rociándote las piernas con una manguera que oportunamente ha aparecido a tu diestra. 

Una vez limpio y un tanto turbado te montas en una bicicleta negra de paseo y pedaleas por ese pueblo grisaceo. Es un lugar curioso. De colores muy apagados, parece que hay una neblina en todas las cosas, podría ser un paisaje de la campiña inglesa. Tal vez basado en películas como Submarine o El Irlandés. Aunque todo está muy descuidado como si no viviera nadie desde hace mucho tiempo. Y desfilando por las calles con tu bicicleta no avistas una sola alma ni de hombre ni de animal. Solo vegetación. Como si hubiera vencido de algún modo. Sin embargo al doblar una esquina ves una gran aglomeración en la puerta de lo que parece un cine de barrio, todos llevan la misma chaqueta negra de nylon. Y en ese momento te das cuenta de que tú también llevas una chaqueta de nylon negra, pero no hace frío, ni calor, no hace nada. Ni siquiera corre el aire o se nota humedad. Solo la débil niebla. 

Bajas de la bici y vas andando con ella hasta la entrada del cine y todo se vuelve completamente familiar, no como si hubieras estado allí antes sino como si supieras exactamente lo que tienes que hacer y a donde tienes que ir, como una ciencia infusa. Entras en el cine dejando la bicicleta tirada de cualquier manera a la entrada. 

Una vez en la minúscula sala ves que no hay casi nadie y te sientas más bien centrado. Las puertas de emergencia están abiertas de forma que se ven unos muritos hechos polvo sobre los que se desbordan plantas trepadoras y magníficos helechos. Incluso el cine está descuidado con la pintura desconchada, el suelo manchado y los asientos raídos. Hasta parece que ha empezado a brotar algo por las esquinas de la sala. Es como un pueblo abandonado-habitado. 

Te quedas mirando hacia una de las salidas de emergencia porque hay algo escrito en el murito pero está parcialmente tapado por la trepadora dificultando sobremanera su lectura. Entonces.

 - Hey ¿Qué haces aquí? A ver la peli ¿No?

Aparece una chica bastante atractiva que conoces sonriendo y fumando, lleva tu misma chaqueta.

 - Sí, bueno, no sé que película echan realmente.
 - Ah, siempre es lo mismo, son como escenas ¿Sabes? Inconexas y tal. Son cintas que se encontraron en un sótano de por aquí, alguien grabó el pueblo una y otra vez. Aparecen diferentes lugares a diferentes horas. A veces sale gente, a veces nada. A veces se oye música. Todos empiezan con una escena del descampado y acaban con una escena de la vista aérea del pueblo. Son escenas muy cortas ¿Sabes? Como si hicieras zapping por el pueblo. Todas con cámara fija. Vamos por la cinta trece.
 - ¿Cuántas hay?
 - Cincuenta o así.
 - ¿Y quién las grabó?
 - Ni idea, nadie lo sabe, la casa donde se encontraron estaba abandonada desde los sesenta y las cintas son, como mucho, de hace diez años.
 - Pero...
 - Shh, que ya empieza.

Las luces se apagan y la película empieza a rodar, entra una tenue luz desde las puertas de emergencia. Y ahí está, la primera escena: El descampado en el que estabas enterrado hasta las rodillas. Intentas mirar la película o lo que sea eso, pero no puedes dejar de mirar el murito, necesitas leerlo. Así que te levantas.

 - Disculpe, lo siento, tengo que salir.

Y a medida que te acercas a la salida una extraña sensación se apodera de ti, como si llegaras tarde a un sitio. No solo como si llegaras tarde, sino como si, además, no tuviese remedio. Como si ya nada tuviese remedio. Siguen las escenas del pueblo estampándose en la pantalla, el zapping, ahora suena una música, una pieza clásica que te suena mucho pero no consigues distinguir. Ya estás fuera de la sala y te acercas al murito, apartas con una mano la verde trepadora que tapa el mensaje, está un poco borrado, seguramente por el paso del tiempo, pero aún se puede leer perfectamente.

«¿Lo de las cintas? Fui yo.»

Reconoces tu letra.

Te despiertas.


martes, 30 de abril de 2013

Una mañana en el muro


Amanecía en el Muro de Adriano. Hacía una temperatura agradable, lo justo para no tiritar con una chaqueta fina. Yo esperaba, bajo los tenues rayos de sol, a que comenzara algo -no tenía muy claro qué- con la misma actitud con la que había esperado los últimos veinte años cada mañana antes de mis clases. A mi lado, apoyado en una roca, Neko me contaba historias de un viaje que había hecho. Yo le escuchaba riendo a la par que sujetaba una mochila llena de libros. En ese momento, me venía un recuerdo que explicaba por qué esa mochila:
 Un hombre me había echado de mi casa y yo había intentado hacer acopio de todas las posesiones posibles en una maleta y una mochila mientras me gritaba. La maleta la había dejado en casa de mi hermana, pero había decidido llevar conmigo la mochila.
Neko cerró sus anécdotas diciéndome que ya era la hora y le seguía por un corto sendero que acababa en un montículo, donde una puerta parecía dar entrada a la casa de un hobbit. Tras él, entré en un lugar sombrío lleno de estanterías con libros viejos y multitud de sillas agrupadas en torno a una televisión. Casi todas las sillas estaban ocupadas, así que me sentaba en la primera que veía libre y, una vez instalada, vislumbraba a Postal y a Cereza. Las saludaba pero Postal me mandaba callar con un gesto y dos mujeres mayores, que estaban apoyadas en una de las estanterías, explicaban que íbamos a ver una película ambientada en Barcelona. Yo quería gritarles a Postal y a Cereza que eso me recordaba a nuestro viaje, pero, como al parecer estábamos en una clase, no era lo apropiado. Una de las profesoras introdujo un VHS en el vídeo y la primera imagen que apareció era el grupo Manel tocando una canción que me resultaba conocida. Cuando el vocalista empezaba a cantar, toda la clase, en una especie de coro improvisado, cantaba la letra, yo incluida. Al terminar la canción, me levantaba (no sé muy bien por qué) y al pasar junto a una de las estanterías, un teléfono fijo sonaba. Contestaba y me hablaba Alex Turner regañándome porque aún no había hecho el anuncio de su disco. “Yo no soy publicista” le decía, en inglés. Él no me creía. Y así, hablando por teléfono con el líder de los Arctic Monkeys a carcajada limpia, mientras Cereza tiraba de mi manga para irnos a explorar la naturaleza de Northumberland, terminaba mi sueño.